domingo, 7 de septiembre de 2008

La formula Uribe. Daniel Samper Pizano

La Fórmula Uribe
Alguna vez el presidente Álvaro Uribe Vélez dijo: “Soy como un gamín”. No parece una autodefinición comedida en quien, en condiciones normales, es un hombre educado, amable con los circunstantes y “con las damas, cumplido”, como recomienda el vallenato de Rafael Escalona.

El asunto es que Uribe resulta mucho más complicado que un gamín. En él coexisten ese gamín que amenaza a un amigo corrupto con “romperle la cara, marica”; el alumno juicioso de varias universidades colombianas y extranjeras; el paisa buenazo y campechano; el gobernante capaz de abusar de su poderío para hundir a sus enemigos; el trabajador incansable; el estadista en cuya cabeza caben variados problemas; el patriota devoto y también el demagogo que riega, encendedor en mano, el peligroso combustible del patriotismo. No sin razón su esposa, Lina Moreno, dijo que era “un personaje muy extraño, uno de los más extraños que yo haya conocido”.

Si hubiera que ensartar en menos de diez palabras el retrato de Uribe como mandatario sería preciso decir que es un finquero antioqueño que leyó a Maquiavelo. “Nunca ha renunciado al hombre agreste que es”, sostiene un reportero que lleva años siguiéndolo. A diferencia de José Manuel Marroquín, que gobernaba (mal) entre diccionarios; de Alfonso López Pumarejo, que lo hacía desde el club; de Guillermo León Valencia, de intensa vida social; y de Carlos Lleras, que examinaba a toda hora estudios económicos en su despacho, Uribe cambiaría feliz la oficina por los ajetreos del campo: chalanear potros, marcar terneros, clavar estacas, recoger cosechas… Pero algo le dice por dentro que debe sacrificarse y continuar en el Palacio de Nariño porque está llamado a salvar la Patria.

La vida campesina marca carácter. “Él cree que el país es una finca, que sus ministros son los mayordomos y los ciudadanos son la peonada que obedece sus órdenes”, señala un senador del Polo Democrático. Lina Moreno recuerda que lo conoció cuando era ganadero, pero luego se volvió político. La vena política de Uribe quizás latió siempre entre pechito y espalda, pero debió de hincharse al pasar por las aulas de Derecho. Allí es obligatoria la lectura de El príncipe, aquel libro escrito por Nicolás Maquiavelo en 1513 que analiza ejemplos del pasado y ofrece consejos a los gobernantes.

Nada más tentador que buscar en Maquiavelo algunas estrategias de Uribe: “Los príncipes que se han ocupado más de la comodidad que de las armas perdieron su estado”… “El príncipe que se quiera mantener, que aprenda a no ser bueno”… “No hay cosa más necesaria que aparentar que se posee la cualidad de la religión”… “El desprecio al príncipe nace cuando se lo considera inestable, superficial, afeminado, pusilánime e indeciso”… “Hay que mantener en vilo los ánimos de los súbditos y llenos de admiración”… “Debe producir acciones muy de seguido, de forma que nunca haya tiempo entre una y otra para que puedan actuar en su contra"… “La mayoría de las veces, la vía de la neutralidad fracasa”… “Que piense cuáles son los ultrajes que tendrá que cometer y los haga todos de una vez”… “Es más sensato quedarse con fama de tacaño (austero) que ganarse la de ladrón”… El estilo de Uribe –que le ha dado asombrosos resultados de popularidad– consiste básicamente en vivir siempre el presente, gobernar en vivo y en directo, sin intermediarios, sin escalas, tomando riesgos si es necesario, y aun exponiéndose a sus famosas explosiones temperamentales. La gente (ya lo anticipó Maquiavelo) perdona primero un error o un abuso por exceso de testosterona que por falta de aquello que ponen las gallinas.

El modo de gobierno uribista exige crispación permanente, esa tensión dinámica que diseñó Charles Atlas para convertir a los alfeñiques en verdaderos hombres. Si uno intenta un balance de la agitada vida nacional de los últimos meses verá que pocos episodios se produjeron de manera espontánea: con razón o sin ella, el Gobierno estuvo casi siempre en medio, agitando, riñendo, lanzando mandobles, echando leña a la hoguera, aun mintiendo cuando lo consideraba indispensable. Uribe sabe que lo peor que le puede pasar al gobernante victorioso es un mandato de calma chicha. Esa calma engendra grandes tsunamis, así que es mejor provocar pequeñas tempestades bajo control. Moverse. Agitar. “Camarón que se duerme, lo apalean los sapos”, dice el dicho. Uribe quiere ser el camarón desvelado y también el sapo que apalea.

¿A quién? Principalmente a los enemigos de talla mediana. A los de talla XL los maneja de otra manera. “Él neutraliza a los mayores enemigos políticos con halagos o mano tendida –indica un analista de sus métodos–, pero enfrenta a los medianos”. Eso sí, cuando los grandes no entran por el aro o se le salen de allí –como ocurrió con César Gaviria y Andrés Pastrana–, descarga sobre ellos la artillería pesada. Así lo hace con quienes identifica en este momento como sus principales enemigos: los magistrados de la Corte, los parlamentarios Gustavo Petro y Juan Fernando Cristo, el periodista Daniel Coronell. “El poder a menudo se ve forzado a no ser bueno”, reconoce Maquiavelo. Eso le ocurre a Uribe, aunque su esposa, que algo lo conoce, agrega que “es ofuscado y bravo, pero cuando se le baja el ofusque no sigue rumiando su rabia y su rencor”.

A la par con la imagen del gobernante brioso que se enfrenta a todos los obstáculos, cultiva la del ciudadano de buenas costumbres, que habla con diminutivos y usa metáforas agropecuarias. A Uribe podrá acusársele de muchas cosas, pero no de corrupción personal, por ejemplo. Se pasa por el galápago la separación entre Iglesia y Estado e invoca a la Virgen Santísima en la página web de la Presidencia. Convertido en Papá Nacional, ofrece consejos a sus millones de hijitos: encomiéndense a Dios, muchachos; eviten el gustico antes del matrimonio; mucho cuidadito con las drogas, porque me los llevo a la guandoca… Aseguran algunos que estudió tácticas de gobierno en El arte de la guerra, de Tzun Zu. Verbigracia, que la mejor defensa es un ataque, algo que también podría haberle aconsejado ‘Pelé’. En lo que Uribe puede impartir lecciones a Tzun Zu, Maquiavelo y Pelé es en el uso de los medios de comunicación.

Decidido a que sea su mandato un permanente “reality” de gobierno, el papel de los medios se vuelve clave. Radio y televisión, sobre todo, pues la idea es vivir siempre en el presente. “Su capacidad mediática es extraordinaria”, señala el cronista político de EL TIEMPO Edulfo Peña. No da entrevistas para la prensa escrita, donde cabe una etapa sosegada de edición y contraste, y prefiere la inmediatez de la noticia recién parida. Por eso transmite los interminables consejos comunales y ofrece ruedas de prensa en directo, donde a menudo no responde las preguntas, pero propaga su mensaje e impone sofismas como si fueran verdades. Uribe tiene claro que sus votantes han sido educados por las emociones de la pantalla chica, y no vacila en protagonizar melodramas como el de los abrazos con presidentes adversarios en la Cumbre de República Dominicana.

Para decirlo con metáforas de corral, el secreto de Uribe ha sido ordeñar a fondo el éxito de la Seguridad Democrática, y coger el toro por los cachos.

Pero debería recordar que el toro a veces da cornadas

Publicación eltiempo.com Sección Otros Fecha de publicación 31 de agosto de 2008

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